Meknés – Rabat: Crónica de un road trip educativo por Marruecos II

Alba Cantón

El autobús avanzaba hacia el sur por carreteras desconocidas. Continuábamos en la oscuridad. No era tarde pero parecía que llevábamos horas conduciendo. A veces pasábamos por algún pueblo. La tranquilidad era lo que más me llamaba la atención, casas bajas envueltas en luz anaranjada y hombres solitarios deambulando por la calle. Paseaban a su antojo, en bicicleta, en medio del asfalto o del campo… Siluetas solitarias que creaban un dibujo un tanto fantasmagórico. ¿Y las mujeres? En casa, por supuesto. Hasta niños jugando a fútbol en los rincones más iluminados parecían estar a sus anchas. Es el paraíso del macho, la calle les pertenece. Desde mi asiento del autobús me parecía que era una película real e injusta lo que tenía otro lado de la ventana. Tardamos más horas de lo debido, y de madrugaba entrábamos en Meknés. Aún me parecía que no podía concebir lo que era estar en Marruecos pues solo había visto siluetas. Llegamos al hotel, prostitutas en la recepción, tajine de verduras y harira para cenar. Una maravillosa cama nos esperaba. Abrimos la ventana para que entrara el calor, y la música de la discoteca de abajo con los últimos hits árabes de embriagador ritmo se colaban meciéndonos en un dulce sueño. Sí, estábamos en Marruecos.

Meknés es la antigua capital del Imperio. Famosa por ser la morada de Muley Ismael, un emir bastante déspota que gobernó hasta el año 1727. Su obra arquitectónica más famosa es la admirable puerta Bab Mansur. (En la foto). La puerta más grande de todo Marruecos y del norte de Africa. Sólo teníamos escasos minutos para recorrer por dentro la Medina de Meknés así que corrimos a descubrir qué se nos ofrecía a nuestras ávidas miradas.

Pocos turistas, mucha naturalidad. Murallas antiguas de color ocre, paredes desconchadas, amplias plazas con jardines muy bien cuidados. En las casas, los gremios de la artesanía, de la lana y las telas invadían de colorido los marrones y rojizos de nuestro alrededor. La primavera es el momento de esquilar a las ovejas y en montones se apilaban las que serían futuras prendas.

Marruecos se me antojaba salvaje, pues veía que las personas vivían ancladas a la tierra. A la naturaleza, sin seguir las normas, límites y señales que nos hemos impuesto más allá del estrecho de Gibraltar.  Todo me parecía un fluir natural de vehículos, motos, furgonetas y bicicletas. De peatones por mitad de la calle a un ritmo calmado. Todo parecía ir más  despacio, nuestro reloj no sólo se había adelantado una hora sino que se había parado.

Continuamos nuestro periplo hacia Rabat donde haríamos una parada turística y para comer antes de nuestro destino del día Essaouira, la ciudad costera del sur. Por la carretera observé lo mismo que en Meknés, un devenir natural de las cosas. Los bordes de las amplias autopistas vacías eran de color blanco y rojo, como en un libro de ¿Dónde está Wally?. El ambiente general me recordó a Cuba, por supuesto, un 50% de esto lo marcaba el olor a gasolina quemada. Sólo le faltaba ron al té con menta.

 

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