Granada – Algeciras – Tánger – Méknes: Crónica de un road trip educativo por Marruecos

Alba Cantón

Intrépidos viajeros, ¿no es maravilloso descubrir un lugar nuevo? Hay pocos placeres que generen tanta adrenalina. Es una adicción, quizá de las más grandes, así que ándense con cuidado.

El inicio del viaje. El calmar la inquietud por los lugares nuevos. Por descubrir otro lugar, otra… ¿realidad?. Viajaremos en el barco. Un viaje en barco surcando el mar, donde hace tiempo gobernaban los corsarios. El llegar de noche a otro país. La tranquilidad del paisaje nocturno de Marruecos. Luces como luciérnagas en la oscuridad. Como si no fuera real. De día, las casas bajas, los minaretes. Paredes marrones. Los coches viejos. La Kasbah. Y los olores… Pero, vayamos más despacio. Adentrémonos en Marruecos como se merece si venimos de España, paso a paso.

Aunque el viajar en avión sea una comodidad absoluta, el mejor invento del siglo XIX (por así decirlo), y probablemente del mundo… ¡Volar! Para los que tienen tiempo, o al menos sí unos días, y les guste degustar los detalles, no hay nada como el viaje sobre tierra, ya sea en coche o barco. Y para visitar nuestro vecino Marruecos, no hay forma mejor. Hay que penetrar en Marruecos poco a poco, para impregnarse de todo lo bueno que llega a aportar ese país. Lo que más me impresionó de mi primera vez en Marruecos es la cercanía (tan sólo una hora en barco) de un mundo tan diferente. Me sentí orgullosa de pertenecer a la tierra mediterránea, las costas de nuestro mar son las más ricas del universo. Y digo bien. Mientras avistaba las costas africanas, en aquél día nublado y de marea agitada, recordé que esas aguas habían sido lugar de historias de toda índole. Donde se habían generado batallas, donde los fenicios, los árabes, los egipcios, los griegos y un sinnúmero de otras civilizaciones se habían aventurado a conquistar o descubrir nuevas tierras. Esos cambios que dejaban tras de sí son lo que ahora somos. Esas mezclas sanguíneas, intercambio de conocimientos, de productos de la tierra. Pensé en todas las personas que habían hecho ese mismo viaje, pero con otros barcos, con otras circunstancias, con otros deseos…

Una hora en barco para llegar a una tierra montañosa, donde los coches parecen más antiguos, la tierra parece más oscura y hay carteles en árabe y en francés. Se hizo de noche enseguida, y seguimos nuestra aventura hacia Meknés, (Mequinez) antigua capital del Imperio de Marruecos. Se hizo de noche, y yo sólo conseguía avistar luces lejanas. Pequeñas. Sin ostentación. Como hace muchos años veía desde mis ojos infantiles desde el coche. Parecía que estábamos muy lejos, en el vacío. Penetró la calma dentro de mí. Estaba en un lugar cercano, pero tan diferente que fue entonces cuando me di cuenta que la fuerza de Africa había penetrado en mí. Y tan fuerte, que se quedaría allí para siempre.

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